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viernes, 5 de agosto de 2011

UNA GUERRA QUE SE PREPARA BAJO LA MESA DE UN BAR



Eran ya las 8 de la noche cuando terminamos el programa de Radio en el CCET. Como era la primera transmisión en vivo, el colectivo completo –o una buena parte de él- se hizo presente a lo que resultó ser una especie de performance radial. Aun cargados por la adrenalina nos fuimos a Tierra Libre, unas pocas cuadras del centro cultural, para continuar los temas que desde el programa de radio esbozamos. Si hay algo que definitivamente sabemos hacer, es hablar.
Ya en el bar, Martín nos sacó una mesa y  varias sillas a la acera, donde los fumadores pueden fumar sin dividir el grupo y dilatar la conversación. Hablamos del programa de radio, de arte, de política y llegamos al tema de la situación de país –siempre, cuando conversamos entre nosotros, terminamos hablando del país-. Así especulamos sobre el aumento del impuesto de guerra en las comunidades.
Actualmente hay barrios en Tegucigalpa y San Pedro Sula en donde el transporte público ya no llega y los negocios han cerrado por el aumento de la extorsión por parte de los pandilleros. El aumento del impuesto de guerra no es casual –dijo un compañero- las pandillas se están armando para una guerra. También el estado, que recientemente aumentó los impuestos para comprar más armas.
Acá todos se están armando de uno u otro lado y nosotros somos apenas espectadores de esa carrera armamentista y estamos concientes, que al final de todo, los cañones de ambos lados apuntaran contra nosotros. A esa conclusión habíamos llegado cuando vimos detenerse la patrulla a unos metros del bar. Retrocedió un poco y desde el asiento trasero un agente de policía nos señalaba amenazante.
-¿Porqué nos está señalando ese policía? Preguntó un compañero de la mesa y la alarma corrió entre todos.
La actitud de los policías era hostil, intimidatoria. Varios compañeros se pusieron de pie preguntándoles ¿Qué querían? Repitan que fue lo que gritaron. Dijo el agente del asiento trasero.
-Acá nadie les ha gritado, se le explicó varias veces, sin bajar la cabeza, con una actitud mas de reto que de miedo.
Fueron segundos muy tensos, llegamos a pensar que los policías se bajarían del carro y harían uno de esos registros que hacen en los bares de los barrios.
Tierra Libre está en una de las zonas exclusivas de Tegucigalpa y quizá por eso no lo hicieron. Pero nos impresionó ver como todos reaccionamos ante la sola presencia de los cuerpos de seguridad: una mezcla entre indignación, repudio y reto.
-¿Y cual es el problema pues? Dijo alguien en la mesa, sin bajarles la mirada a los agentes.
Susy –la dueña de Tierra Libre- salió a preguntar a los policías la razón de sus acciones. El oficial que estaba en el asiento delantero masculló algo al agente del asiento trasero y este pidió disculpas: nos equivocamos dijo y se fueron.
Nosotros nos quedamos allí un par de horas más, la patrulla volvió a pasar a las 11:30 de la noche y se detuvo a frente al bar al otro lado de la calle, que según cuenta Susy están queriendo intimidar a la clientela de Tierra Libre para boicotearles el negocio.
El sabor de alegría de la noche se había perdido. En cuestión de segundos vino a nosotros toda la experiencia del Golpe de Estado, de los toques de queda, de los chequeo y contra chequeo que aprendimos a practicar por seguridad, de los caminos alternos y la red de protección que activamos sin dudarlo.
Si nuestro análisis a principios de la noche son correctos y Honduras se dirige a una especie de guerra civil –al modelo Haití o al estilo de los países subsaharianos- Lo cierto es que el Estado no puede contar con nosotros como aliados en la contienda y, según indica la lógica de toda guerra, si no están conmigo, están contra mí.

domingo, 31 de julio de 2011

Paternidad


No se cómo comenzar esta historia, en especial, porque ni yo mismo se aún cómo entenderla. Lo cierto es, que cambió mi vida y por eso debo contarla. Me limitaré, en todo caso, a describir lo hechos ocurridos.

Fue un viernes de fines de agosto y la semana había llegado al término de las jornadas de oficina. Habíamos acordado desde temprano que nos reuniríamos por la noche a tomar algunas cervezas y allí estábamos todos, olvidando las miserias de la vida, acariciando con los codos los costados de una mesa ajena de bar. Pasaban las once y la noche apenas comenzaba. Mi jefe, que siempre dijo tener el alma joven, decidió quedarse con nosotros sacrificando quizá las horas de sueño junto a su familia. Estábamos, en todo caso, alegres.


No importa ahora describir a detalle el lugar en donde estábamos, basta con explicar que era uno más de los muchos bares que en las noches del viernes se llena de jóvenes obreros que relajan las miserias de la vida con el sabor del fermento y la levadura. Llevábamos quizás más de tres cervezas y los decibeles de voces había aumentado con la emoción de los temas. Ya no recuerdo de qué hablábamos, pero debió haber sido lo mismo de siempre: el conflicto árabe-israelí y la absurda guerra contra el terrorismo, el paquetazo de Maduro y la dura situación económica, el fracaso de Lucas con su película o quizás a lo mejor del buen trasero de alguna de las mujeres de la cooperación extranjera, que cambian cada año para bien de la variedad femenina en una ciudad pequeña como Tegucigalpa.

Pedimos otra ronda de cervezas, al instante llegaron de mano de una joven mujer de falda corta y cabello oxigenado que regalaba a cada paso una sonrisa de buena vendedora y fue entonces cuando lo vi por primera vez. Estaba en la puerta, era un niño quizá de doce años pero que pudo haber tenido nueve, vestía en harapos con los bolsillos llenos de monedas de vidrios limpios y la cara sucia de lágrimas brotadas por el hambre -y un no se que de pena en la mirada antes de tiempo-, usaba un pantalón azul con remiendos y parches y una camiseta sucia cubierta de agujeros. Debo decir que no soy un hombre observador, pero que si vi todos esos detalles es porque habría de verlos varias veces y quizá por el resto de mi vida. En cuanto el niño me vio se dio la vuelta y regresó por la misma puerta por dónde había entrado, yo seguí bebiendo mi cerveza y lancé a la mesa un nuevo tema de conversación que rápidamente cogió eco.

Un par de minutos después el niño volvió. No estaba sólo, con él venía, tomado de la mano, otro niño un poco más pequeño que era como una maqueta del primero, atrás estaba una mujer delgada y sucia con un bebé en los brazos y una barriga de cinco meses. Pensé que debió ser la madre de aquellas criaturas que nadie más que yo parecía ver.

Los niños me veían como buscando valor para acercarse y yo creí saber lo que querían. Busqué mentalmente en mi bolsillo para recordar si tenía algunas monedas y pagar la paz que buscaba pero me dí cuenta que sólo tenía un billete de cien pesos que no podía entregar en limosnas.

-Acaso a mi me regalan el dinero- me dije y me di valor para negarme a los ruegos de aquellos niños que, sin embargo, seguían a unos metros de nuestra mesa, viéndome, estudiándome, reconociéndome quizá.

Al rato, los niños se acercaron. Se pararon frente a la mesa y todos los vimos. Alguien reía, alguien había contado quizá un chiste y alguien lo entendía con retrazo. Luego de un rato, todos guardamos silencio y quedamos viendo a los dos niños.

-Papá -me dijo el mayor- venga con nosotros. Lo hemos estado buscando.

Todos comenzaron a reír.

-Coño compadre -me dijo uno de mis amigos-, dales de comer a tus hijos.

Y las risas llenaron nuevamente la mesa. De más está explicar que ni yo, ni los niños reíamos. Los vi. por un momento y luego traté de explicarles que no tenía dinero como para hacerlos así volver por donde habían entrado. Recuerdo que alguno de mis amigos sacó de su bolsillo un par de monedas y se la extendió.

-Qué buena broma- dijo sin poder de parar de reír.

Los niños no tomaron las monedas, yo me acerqué a ellos y les pregunté qué querían.

-Que venga con nosotros -me dijeron casi en coro. Y vi a la mujer de la puerta que se acercaba con el bebé en los brazos.

-Vuelva con nosotros -dijo la mujer- lo hemos estado buscando toda la noche.

Las risas aumentaron, yo traté de ver a los ojos de la mujer como buscando a alguien conocido pero nunca en mi vida la había visto. Se que mi memoria a veces es mala, pero si hubiera conocida a esa mujer la hubiera recordado. No era fea, había, bajo esa capa de mugre y miseria algo muy parecido a la belleza. Tenía los mismo ojos de los niños y la piel delgada por el hambre acumulado. Sentí lástima.

Poco a poco mis amigos se fueron silenciando, pensé que la mujer y los niños eran actores y que todos me jugaban una broma pero ni mis amigos, ni la mujer aceptaban que lo fuera. Nadie volvió a reír y yo trataba de explicar a la mujer y mis amigos que no los conocía, que no podía haberlos conocido.

-Venga -me decía la mujer casi llorando- venga con nosotros. Nos portaremos bien. Y los niños repetían con ella sus palabras.

-Venga papá, venga.

Yo sentí vergüenza, todos en el bar me miraban desde sus mesas y comentaban entre ellos de la escena presentada a todos esa noche.

-Mire señora -traté de explicarle- no se quien es usted ni quienes son estos niños. Sea quien sea a quien busca no soy yo. Usted está cometiendo un error.

-Usted es Oscar Estrada -dijo uno de los niños, quizá el menor- y es nuestro papá.

Yo traté de buscar apoyo solidario entre mis amigos pero ellos nos miraban desde el otro lado de la mesa sin entender más que yo lo que estaba pasando.

-No los conozco- dije a mis amigos, y ellos asintieron con la cabeza sin decir nada. Yo sabía que comenzaban a dudarlo.

Rogué a la mujer que se fuera, saqué el billete de cien Lempiras que atesoraba en mi bolsillo y se lo ofrecí a cambio de que me dejara en paz, pero ella no lo tomó y siguió llamándome por mi nombre y diciéndome que aquellos eran mis hijos y me habían estado buscando toda la noche. Busqué nuevamente en su rostro tratando de encontrar algo que me explique sus palabras pero no la conocía. Si de algo puedo estar seguro es que no los conocía. Me despedí de mis amigos, ellos me vieron salir sin tratar de detenerme. Se que cuando me vaya hablarán de mi, yo también lo haría, dirán que soy una mierda, que no me creían capaz, que pensaba que era mejor gente, pedirán otra ronda de cervezas y después cambiaran de bar hasta llegar la madrugada, después volverán a sus casas, con sus propias esposas, con sus propios hijos que no los han andado buscando toda la noche.

Yo salí del bar. Atrás de mi venía la mujer y sus hijos miserables. No les dirigí la palabra, subí al carro y me alejé. Desde el retrovisor pude ver que los niños se acercaban a su madre, que su madre los abrazaba y les decía que tengan paciencia, ya volverá su padre, luego comenzaron a caminar volviendo a las sombras de donde quizá habían salido. Yo, volví a mi casa.

Ha pasado más de un año desde esa noche, dos, quizá tres, mis amigos dejaron de hablar conmigo porque no querían tener nada que ver con un ser tan despreciable, yo lo entiendo. Desde el incidente en el bar me encerré en mi casa con miedo de salir y volver a encontrarme con la mujer y sus niños. Luego de dos semanas perdí el trabajo, el carro y la casa. Fui bajando poco a poco hasta llegar a esta pensión de mala muerte desde donde escribo. No los he vuelto a ver pero se que están allí, afuera, buscándome entre las mesas de los bares de todas las ciudades, yo les tengo miedo, yo me escondo de ellos, de mi familia, de mis hijos.

Oscar Estrada

Julio, 2002

Artistas en Resistencia

¡Boicot contra Facussè!
¡La próxima vez que te acosen cántales esta canción!
NO ME GUSTA por Karla Lara y Solistas