domingo, 12 de septiembre de 2010

Ludovico Silva: la contra-cultura latinoamericana

Carlos Duque (Desde Caracas, Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Vivir o no vivir: saber si algún destino

vale que nos juguemos la vida toda entera!

Ludovico Silva

Si hay alguien que creyó en el poder de la palabra y en las dimensiones que ésta puede alcanzar en el alma humana fue Ludovico Silva. Este gran pensador dejó “para las nuevas generaciones” un problema planteado: la contracultura. Hoy, cuando se vaticinan momentos duros para la humanidad, se hace cada vez más urgente analizarlo a fondo.

El estudioso incansable de la obra de Marx, que supo recoger su esencia y de-velar las patrañas y falsas interpretaciones que muchos estudiosos y teóricos hicieron del autor de El capital, llegó a tener en sus manos de alquimista del pensamiento una buena aproximación de esa materia pura que aún no se ha bien empleado, el marxismo. A partir de una ardua tarea que le llevó gran parte de su vida a hurgar en lo más recóndito de este planteamiento, logró analizar el pasado y el presente del mundo que le rodeó, y dejar un sendero abierto pleno de herramientas para continuar abriendo el camino hacia un socialismo con otra mirada que lograra combatir el modo capitalista que, como él mismo decía: “tiene más muertes que un gato”.

Hoy cuando se avizora una nueva reorganización de fuerzas en el mundo y se escuchan voces que hablan de la caída del imperio más grande que ha existido sobre la faz de la tierra, o de al menos otra muerte más que debemos procurar sea la definitiva, se hace de suma importancia el enfoque marxista de Ludovico.

Este imperio se ha mantenido no sólo por su gigantesco despliegue tecnológico-armamentista, sino también por su perfeccionamiento sistemático de arrollamiento y arropamiento cultural, o contra-cultural para usar el término de Ludovico que aclara: “La única cultura auténtica que se produce, y que casi nunca llega al pueblo, es forzosamente una contra-cultura, compuesta de anti-valores y totalmente enfrentada al sistema social.” Todos estos anti-valores son disparados, de manera implacable, segundo a segundo, mediante sus cañones de propaganda ideológica: cine, televisión, libros y revistas, publicidad, modas, entre otros, llegando a aniquilar costumbres, tradiciones y manifestaciones humanas por completo.

Una fotografía que podría ilustrar esto es el devastamiento entero que dejan las industrias transnacionales cuando pasan por selvas y bosques; así parece quedar el espíritu de los pueblos cuando pasa la maquinaria contra-cultural: arrasados, como los árboles que tardaron siglos en echar sus fuertes raíces y que de un momento a otro pasan a formar parte de un cuadro desolador.

Los laboratorios de alienación cultural van a la par de los últimos avances en armas de guerra que cada semana se exhiben en Discovery Channel, al mismo tiempo que se fabrica un nuevo avión, como última “pieza artística de guerra” indetectable por ningún radar ni dispositivo de rastreo, se fabrican también nuevas estrategias para idiotizar a los pueblos con finos instrumentos de dominio que atraviesan las fronteras, los hogares y las mentes sin que puedan ser percibidos.

Todo esto dictado y avalado por un “Dios” pervertido en infinidades de religiones y llevado al mundo terrenal por sus gobernantes. En La otra historia de los Estados Unidos, Howard Zinn refiere que, entre las disputas que se suscitaron sobre tomar Filipinas o no, hubo “una anécdota” del presidente McKinley sobre cómo contó su toma de decisión a un grupo de ministros que visitaban la Casa Blanca:

“Solía caminar por la Casa Blanca, noche tras noche, hasta la media noche; y no me avergüenza decirles, caballeros, que más de una noche me arrodillé y recé a Dios Todopoderoso para que me iluminara y guiara. Una noche -era tarde ya- me vino de la siguiente forma; no sé cómo sucedió pero me vino:

Que no podíamos devolverlas a España -eso sería cobarde y deshonroso.

Que no podíamos dejarles solos. No estaban preparados para la autodeterminación y pronto caerían en la anarquía y en un gobierno peor que el que les había dado España.

Que sólo cabía hacer una cosa: hacernos cargo de todos los filipinos y educarlos, elevarlos, civilizarlos, cristianizarlos y por la Gracia de Dios, hacer todo lo posible por estos nuestros semejantes.”

Y Eduardo Galeano nos cuenta en su libro Espejos, que en el año 1900 el senador de los Estados Unidos, Albert Beveridge revelaba que “Dios Todopoderoso nos ha señalado como su pueblo elegido para conducir, desde ahora en adelante, la regeneración del mundo.” Ese mismo senador republicano afirmaría ante sus colegas en la sesión del 9 de enero de ese mismo año, en cuanto a la ocupación yanqui de las Filipinas que “La declaración de la Independencia no nos prohíbe cumplir con nuestro papel de redimir al mundo.”

El descaro de estos gobernantes es insólito y lo más terrible es que lo han dicho de forma abierta y lo han llevado a cabo a lo largo y ancho de nuestro planeta, no sólo porque creen que es su derecho, sino porque el mismísimo Dios se lo manda. Así vimos a George Bush como un “buen samaritano” invadir Afganistán e Irak en nombre de la libertad y de ese misterioso ser que tanto invocan para sembrar terror.

Pero detrás de los políticos está también un buen número de teóricos e intelectuales que han venido armando el libreto donde se desenvuelven estos emisarios de la muerte, y estructuran un flanco ideológico de avance por donde se pasea la superestructura de poder. Esta ideología, que ha sido impuesta a todas las sociedades existentes por las clases dominantes y que Ludovico Silva la definió -a partir de la obra de Marx- como:

“una región específica de la superestructura social, compuesta por un sistema de valores, creencias y representaciones, que tiene lugar en todas las sociedades en cuya base material exista la explotación, y que está destinada, por el mismo sistema, a preservar, justificar y ocultar idealmente -en las cabezas mismas de los explotados- la explotación que tiene lugar en la estructura material de la sociedad.”

Es, sin lugar a dudas, la misma ideología ocultadora que Bolívar -sin ser marxista- veía ya en los fundadores de la sociedad norteamericana cuando lanzaba tan certera profecía: Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miseria en nombre de la libertad.

El intelectual norteamericano Noam Chomski, en una entrevista realizada por Atilio Borón, devela claramente el descaro del imperialismo al poner en evidencia a uno de los fundadores de la ciencia política de su país, Harold Laswell, quien en su artículo sobre “opinión pública” afirmó:

“que las minorías inteligentes deben reconocer la “estupidez y la ignorancia de las masas” y no sucumbir ante ningún dogmatismo democrático. Las masas deben ser controladas, por su propio bien, y en las sociedades democráticas, donde la aplicación de la fuerza es más improbable, los gerentes deben recurrir “a una nueva técnica de control, especialmente mediante la propaganda”.

Este principio o fundamento es impuesto en primer lugar a la sociedad norteamericana, allí fue, y es, ensayada y perfeccionada sobre sus ciudadanos; todo el dolor y el terror que le imprimen al mundo sus gobernantes es visto como una “promesa patriótica” en el universo mental de gran parte de ese pueblo estupidizado, hasta el punto en que la idiotez se vuelve peligrosa y letal para la vida en este planeta.

De esta manera el capitalismo se ha convertido en una máquina brutal que va triturando la sensibilidad de las almas, fabrica ilusiones, vende sueños, crea espejismos, que llevan al individuo a estrellar sus narices como ciegos contra las vitrinas y las pantallas. “La cultura -como dice Galeano- se está reduciendo al entretenimiento, y el entretenimiento se convierte en brillante negocio universal; la vida se está reduciendo al espectáculo, y el espectáculo se convierte en fuente de poder económico y político; la información se está reduciendo a la publicidad, y la publicidad manda”. Tal como lo titula su obra, vivimos en La escuela del mundo al revés.

La cultura de los pueblos no se expresa, por decir algo, en los museos, la casas de poesías, en las fiestas tradicionales o en la gastronomía propia; se ha generado una desraización de la cultura expresada hoy en las grandes multitudes de gente que va de shopping, ni siquiera a comprar, sino, a postrarse ante el Dios mercado. Lo vemos a diario, tal es la distracción de nuestros pueblos. Basta pararse el fin de semana en la estación del metro aledaña a cualquier centro comercial para ver las procesiones de parejas y familias enteras, que van a al gran templo a adorar sus vitrinas y sus santos de plástico que visten sus túnicas Hugo Boss, Nike, Adidas y que en la mayoría de los casos no pueden adquirir, porque una sola pieza puede triplicar el salario de un mes de cualquier obrero latinoamericano.

Esto conlleva a que después de doscientos años de independencia nos mantengamos desarticulados como pueblos y nos desconozcamos como naciones fraternas, ya que la imposición de esa contra-cultura es tan implacable que cualquier niña o niño (y adultos también) pueden decir con certeza los colores de la bandera de los Estados Unidos de América, pero muchos serían incapaces de describir la bandera de Bolivia, Perú, Panamá, por no decir de nuestros países vecinos. Como dice Fidel: “Es más fácil dominar a los siete enanitos que dominar a un boxeador, digamos, aunque sea de peso ligero. Ellos han querido conservarnos como vecinos enanos y divididos para mantenernos dominados.”

¿Cuántos ciudadanos de Nuestra América conocen a los cantores y cantoras como Alí Primera, Silvio Rodríguez, Chico Buarque, Mercedes Sosa, Lilia Vera? Pero si hiciéramos una encuesta para comparar, nos encontraríamos con que buena parte del porcentaje sí conoce a Michael Jackson, Britney Spears, Backstreet Boys y demás “artistas” enlatados. Así como ocurre con los escritores y artistas que venden su alma al diablo capitalista, que parecieran estar presente en la voz de Ludovico en su poema Cáncer del mundo: venid, venid a ver a este hombrecito/ que no sabe cantar/ venid, venid a oír sus palabritas/ sus pendejadas y ridiculeces.

Ante esta triste visión a escala mundial es que reluce el pensamiento de Ludovico como al final del oscuro túnel -el del capitalismo-, cuando plantea que:

“en el supuesto caso de que la humanidad llegase a una etapa socialista mundial uno de sus signos obligados sería la uniformización cultural, entendiendo por ello, no la negación de variedades regionales (que enriquecen la cultura), sino la existencia de una cultura accesible a todos, basada en los valores humanos, y de la cual puedan todos los pueblos participar por igual.”

Es aquí donde entra en juego el papel de la cultura en las trasformaciones que el mundo exige, o más bien lo que Ludovico denomina como contracultura capitalista, es decir: “el modo específico de ser cultural de la sociedad capitalista moderna y que se enfrenta a la cultura ideológica, o a la ideología a secas. La contracultura es la lucha contra el imperio universal de los valores de cambio, en tanto la ideología es la lucha por mantener idealmente el statu quo de la sociedad basada en los valores de cambio.”

En este sentido, Luis Britto García afirma que: “La cultura es la mediación que el hombre crea para cubrir con símbolos la distancia que lo separa de la naturaleza. Así, desde el principio y por esencia la cultura fue una contracultura. Una disruptiva facturación de símbolos, artefactos y conductas, progresivamente diferenciada de, y con frecuencia opuesta a, la normativa natural del instinto.”

Partiendo del mito de Prometeo, Britto sostiene que “La cultura de occidente sanciona sus códigos con la combinación mítica de la constricción y del fuego infernales, nueva metáfora de las llamas encadenadas.” Y dice que:

“Las contraculturas, por el contrario, recurren a la metáfora del fuego desencadenado. La quema de dinero en la Bolsa de Nueva York, la incineración de las tarjetas del servicio militar por los pacifistas, la quema de sostenes por las feministas, el incendio de los ghettos por los afronorteamericanos y el combate callejero con molotovs, constituyen ritos de purificación opuestos al fuego cautivo de los cilindros del motor y de la carga de los proyectiles. El fuego desencadenado, por lo mismo que simboliza el tiempo inmediato y eternamente presente en la naturaleza, se opone al tiempo de la civilización, estructurado y prolongado hacia el pasado y el futuro por las cadenas de la casualidad. El desencadenamiento del fuego busca así clausurar un orden perimido, para sustituirlo por un tiempo nuevo y purificado.”

Si la contracultura es la insurgencia del orden cultural, el arte está llamado a propiciar esa ruptura. Por tanto, la función del artista en la actualidad ha de ser la de convertirse en un ente contracultural, es decir, un firme combatiente de la cultura capitalista dominante, de esa “ideología a secas”, ante la cual Ludovico se llegó a preguntar valientemente ¿por qué, si Marx habló tan claramente acerca del peligro de la ideología, como región contrapuesta a la cultura y a la conciencia de clase, todavía se sigue sosteniendo, dentro de los círculos marxistas, la vaga idea de que hay, al lado de una “ideología burguesa”, una “ideología proletaria, revolucionaria?”

Ludovico sostenía con amplia firmeza, -y esto le llevó a tener detractores-, que: No hay cosa tal como una “ideología revolucionaria”, puesto que la ideología, por definición, está al servicio de las clases dominantes y explotadoras. Lo único que puede oponerse a esa ideología es la conciencia de clases que asuman las clases explotadas. Por tanto la fortaleza de una contracultura propia de nuestra época, debe estar enfocada a la destrucción del capital material que está alimentado por eso que Ludovico llamó plusvalía ideológica, que no es más que la ideología que se transmite en los medios de comunicación junto a toda la parafernalia neoliberal que se reafirma en el “inconciente colectivo” (Freud) desde la escuela, la iglesia y demás mecanismos de alienación universal.

En este sentido, el único campo de lucha donde se le pueden terminar de doblar las rodillas a ese Goliat que se encuentra hoy en plena crisis mundial, es en el de la contracultura, que es también, en cierto sentido, la “batalla de las ideas” de la que Fidel ha venido pregonando al mundo y que repercute en nuestro país, en particular. Sólo a través de ésta se logrará dar el paso certero hacia el camino de la igualdad, no ya de la igualdad material sino de la igualdad espiritual, a la que cada uno de nosotros tenga acceso y pueda definir el verdadero sentido de la vida.

Bien dijo Freud, en El malestar en la cultura, que ”el destino de la especie humana será decidido por la circunstancia de si -y hasta qué punto- el desarrollo cultural logrará hacer frente a las perturbaciones de la vida colectiva emanadas del instinto de agresión y de autodestrucción.”

El maravilloso poeta Federico García Lorca en su “Alocución al pueblo de Fuente Vaqueros” cuando hablaba del “anhelo de alegría” y “el afán artístico, amor a la belleza y a la cultura”, que había en su querida Granada; este ser hermoso, artista en el verdadero sentido de la palabra, ponía el valor del arte por sobre todas las cosas:

“Yo he visto a muchos hombres de otros campos volver del trabajo a sus hogares, y llenos de cansancio, se han sentado quietos, como estatuas, a esperar otro día y otro y otro, con el mismo ritmo, sin que por su alma cruce un anhelo de saber. Hombres esclavos de la muerte sin haber vislumbrado siquiera las luces y la hermosura a que llega el espíritu humano. Porque en el mundo no hay más que vida y muerte y existen millones de hombres que hablan, miran, comen, pero están muertos. Más muertos que las piedras y más muertos que los verdaderos muertos que duermen su sueño bajo la tierra, porque tienen el alma muerta. Muerta como un molino que no muele, muerta porque no tiene amor, ni un germen de idea, ni una fe, ni un ansia de liberación, imprescindible en todos los hombres para poderse llamar así.”

“Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. «Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre», piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.”

Lorca describió ese encierro que vive el hombre moderno al estar sometido a la máquina demoledora del capitalismo. A esos millones de hombres y mujeres que viven hoy la debacle económica que ha desencadenado el sistema brutal imperante, que tienen que trabajar muchas veces más de 14 horas para poder sobrevivir -si es que a eso se le puede llamar vida- el día a día.

Pero Lorca habla también del “supremo bien de la belleza que es la vida” cuando el hombre puede gozar del arte y la cultura, de ese despertar del aletargamiento del trabajo mecánico de auto-aniquilamiento del hombre; no se refiere a la cultura idealista o elitista, sino a la cultura como una “fiesta de cualquier índole” y él sí que supo rescatar las raíces verdaderas del pueblo español, tanto en su obra escrita como en la puesta en escena de sus piezas teatrales.

Uno de los mayores poetas del cine como lo fue Andrei Tarkovski, que vivió parte de esa terrible perversión en que degeneró el sueño de la Unión Soviética, sostenía que uno de los más desoladores aspectos de nuestra época es la total destrucción en la conciencia de las personas de todo lo que está ligado a una percepción consciente de lo bello. La cultura moderna de masas está dirigida al “consumidor”, la civilización de la prótesis, está mutilando las almas de las personas, creando barreras entre el hombre y las cuestiones fundamentales de su existencia, entre el hombre y la conciencia de sí mismo, en cuanto ser espiritual. El artista, por ello, no puede hacerse sordo al llamado de la belleza; solo ella puede definir y organizar su voluntad creadora, permitiéndole, entonces, transmitir a los otros su fe. Un artista sin fe es como un pintor que hubiese nacido ciego.

El artista debe ser el primero en sentirse llamado a estirar la honda contra el gigante, y en contraponerse a la cultura dominante. En nuestros tiempos, -decía Ludovico- un poeta que se limite a hacer versos es un pobre poeta. Ludovico como poeta también supo poner su fuerza en esta batalla y resultan sorprendentes sus palabras en la introducción de su libro de poesía Cuaderno de la noche (1968):

“La cultura ha llegado a producirme asco. Lo que antes fue para mí el sentido máximo de la existencia, la puerta de oro después de la cual estaba el cielo de los elegidos, la montaña en cuyas alturas estaban lo bello y lo bueno con gran desdén hacia las nimiedades de la vida corriente, todo eso ha explotado de pronto ante mis ojos y me he quedado sin nada y ando con los pies cansados, cansados, sin suelo donde apoyarlos; flojo en la inseguridad de quien ya no tiene otro ideal que el odio hacia todos los que viven engañados; y nado en el desprecio, como un perro arrojado de pronto al mar.”

Este dolor que brota desde lo más profundo del alma de Ludovico es la comprobación del desprecio por esa “cultura ideologizada” y rancia que debió respirar para ese momento de su vida; es ese sentimiento que él mismo cuenta en su obra Contracultura, invadió a Edgar Allan Poe, Baudelaire, Rimbaud y todos aquellos que se han enfrentado a la cultura imperante.

Ludovico, en su ensayo “Al rescate de la poesía” analizaba desde su perspectiva la manera como se tendía a ver a los poetas en la sociedad venezolana

“como unos seres extraviados, sumidos en una bohemia infecunda, cuando no afectados malamente del cerebro: especie de parásitos sociales que se comen las migajas de la burocracia cultural, y que no participan para nada en el desarrollo del país. Desgraciadamente, los poetas nuestros no saben responder a este reto que les plantea la sociedad. Entre nosotros jamás se alza una voz digna y fuerte que sepa dar el tono y enfrentar de una vez por todas el filisteísmo reinante. Los poetas se quedan callados, haciendo sus versos y lamentándose de que la sociedad sea injusta con ellos. Nuestros poetas ignoran que es preciso luchar, en guerra a muerte y sin cuartel, para defender el lugar y sitio preeminente que tiene la poesía dentro de la sociedad. Se dejan vencer, no dicen nada. No escriben su protesta. Todos los grandes poetas, por el contrario, han sido seres que han entrado en conflicto con su sociedad, de una manera u otra.”

Y más adelante afirma que

“el poeta, que en nuestras sociedades modernas es un hombre que vive en perpetua guerra contra las grandes ciudades capitalistas, tiene que aprender racionalmente qué es el capitalismo, y es más: tiene que denunciarlo. Tiene que estar en guerra, porque la sociedad está en guerra con él.”

¿En qué sentido el arte es revolucionario? se pregunta Ludovico quien padeciera ese malestar cultural, y responde: En el sentido en que contribuye a la expansión y la liberación de la conciencia y la sensibilidad humanas.

Para que exista una verdadera transformación, una revolución en pleno sentido de la palabra, debe haber una batalla de la contracultura que rompa los viejos esquemas. Así como no hay Revolución sin cultura revolucionaria, -nos dice Luis Britto García- toda verdadera Revolución es Cultural. Piensa, y vencerás.

La nueva geometría mundial que se plantea la humanidad requiere una amplia revolución cultural. Hoy, para bien de la sociedad venezolana, han despertado innumerables voces poéticas (y artísticas en general) que van ampliando el panorama. Sin duda alguna está bullendo y ha de surgir un movimiento poético que transforme esa cruda realidad que vivió Ludovico. Vemos que a lo largo y ancho del país surgen pequeños “fueguitos” -como diría Galeano- que hacen arder la palabra, de lo que se vislumbra una buena hoguera. Las condiciones sociales cada vez se abren paso aceleradamente y las condiciones poéticas parecen resurgir de una época que escondía sus brasas bajo las cenizas del individualismo.

Sin lugar a dudas se auguran nuevos tiempos para el arte y la cultura, y los artistas están entrando cada vez más en sintonía con la realidad, asumiendo el reto. Todo proceso verdaderamente revolucionario -nos dice Ludovico-, debe tender a la transformación de la sensibilidad del hombre. Y refiriéndose al Che afirmaba que “si bien la misión de la revolución es transformar la sensibilidad y la conciencia, para que se inicie el proceso revolucionario es preciso que haya unos cuantos hombres que hayan realizado en sí mismos esa transformación, es decir, que sean previamente hombres nuevos.”

Nuestro gran poeta Gustavo Pereira en el recibimiento del Premio Nacional de Cultura 2006, dijo como parte de su discurso que:

“Por la cultura pertenecemos a un país, nos miramos en las fuentes de nuestro ser social. Por ella aprendimos a defender espíritu y tierra ante todo invasor, por ella enfrentamos las pretensiones hegemónicas de los imperios, las degradaciones del atraso y el estancamiento, las carencias o los abismos de nuestras resoluciones e irresoluciones. Por ella accedemos a los cauces vivos de nuestra identidad, pero por ella también aprendemos a reconocernos en el otro, a ver en el otro el complemento que nos falta. Por ella, sólo por ella, podremos superar el subdesarrollo y la pobreza.”

Estas palabras deben llevar a plantearnos la cultura desde otra perspectiva distinta a la hora de enfocar el rumbo político de Nuestra América y de todos los pobres de la tierra que padecen los embates de este monstruo de mil cabezas. Y decir como el gran escritor norteamericano Henry Miller, en su libro El coloso de Marusi:

“El mundo debe hacerse pequeño de nuevo, como lo era el mundo griego; lo bastante pequeño para que quepamos todos nosotros. Hasta que no sea incluido el último de los hombres, no habrá una verdadera sociedad humana. Mi inteligencia me dice que tal modo de vida tardará mucho tiempo en llegar, pero me dice también que nada que no sea eso satisfará nunca al hombre.”

En este momento histórico, la humanidad asoma vestigios de aproximación para que ese fin supremo de la felicidad se logre. El rumbo que empieza tomar nuestro país en la apropiación y conducción de su propio destino vaticina nuevos tiempos en que el ser humano vaya hacia ese sueño del Che, hombre nuevo por excelencia y paradigma a seguir, para concretar la premisa o no, de Ludovico cuando decía:

“Porque una cosa sí creemos: que el pensamiento de Marx tendrá que realizarse algún día, si la humanidad, por supuesto, no da el “salto” hacia la nada.


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