viernes, 15 de julio de 2011

Daniel Gonzáles Jerónimo - por Rafael Murillo Selva


El lunes  once de julio, por teléfono, Silvia me narró el hecho y me contó de su pena. A mayor o menor grado esa pena es compartida. Los recuerdos viajan y reviven imborrables momentos ligados a la vida de quien recientemente ha sido asesinado. Alguien ha dicho que el recordar es volver a vivir, pues bien, en estos momentos en que escribo estas líneas, he aquí lo revivido:
I
Un adolecente huesudo y desgarbado  quien ansiaba subirse al escenario y aprender a actuar se presentó, un día, en la sala del  Teatro  Experimental Universitario la Merced” (TEUM) de Tegucigalpa. Eran los tiempos de la obra el Huracán Fifí la cual en tanto creación libre y colectiva ofrecía espacio para quien quisiera  participar; el recién llegado, Daniel Gonzáles, fue uno de sus intérpretes. Posteriormente se trabajó en otras piezas  en las cuales el novel actor pudo mostrar su incisivo,  delicado y popular talento.  Una de esas obras,  El canto del fantoche lusitano” lo marcaría para siempre.  Este último texto, creación de quien fuera un profundo e inclaudiclable  marxista  alemán, Peter Weiss, es una obligada referencia de lo que suele llamarse teatro documental y /o teatro político.
II
 A requerimiento de su madre, una tarde me encaminé hacia el mercado Los Dolores en donde la señora  atendía un puesto de venta. Cabizbaja y de talante austero no alcanzaba a comprender del todo lo que estaba ocurriendo con su hijo, Daniel; me dijo, “Fíjese Don Rafael que mi hijo ha abandonado su oficio de sastre y le ha dado por encaramarse sobre su cuerpo , trapos, sombreros ( a saber de dónde los saca ) cruces y otras cosas extrañas ; se pasa  horas y horas hablando, gritando, insultando ( a saber a quién ) y hasta grandes carcajadas  se tira y todo ello en completa soledad; estas cosas, Don Rafael, han terminado por alarmar a nuestro vecindario de la colonia  El Reparto ; me preguntan cosas maliciosas, se burlan, calumnian y hasta dicen que mi hijo no es completo”.
Señora, le dije, lo que sucede es que Daniel ensaya y construye  el personaje que se le ha asignado en la nueva obra que estamos trabajando. La señora alzó su cabeza;  su rostro dibujaba una impresión que delataba tanto admiración como tristeza y  preguntó: “¿y será que Daniel dejará de costurar para meterse a esa cosa de  payasos?” No señora  respondí, bien pueden hacerse ambos trabajos a la vez y es conveniente que así sea.
En el carácter de Daniel se mezclaba lo jovial con lo radical y apasionado y no pudo o no quiso conciliar su antiguo oficio con el que le estaba   naciendo y se lanzó entero al encuentro del sentido  profundo de su vida: Se decidió por todo aquello que fuera  o pareciera escena.
Algún tiempo después el TEUM fue deshecho por quienes, en aquel entonces, consideraban a la Universidad Autónoma como un bien de su propiedad. Lanzaron sus intolerantes y dogmáticos machetazos contra el generoso y libertario Centro Cultural, llamado La Merced; el cual durante siete años (1972-  1978)  se mantuvo en  permanente creatividad. En este empeño el compromiso y el trabajo de Daniel lo ocuparon a tiempo completo.
III
Las y los integrantes del colectivo teatral nos desparramamos y cada quien se enrumbó hacia su propio sendero. Fue entonces cuando cuerpo, canto, y guitarra se fundieron en un solo y emergente personaje, rara mezcla  entre  trovador y juglar de tiempos idos (no tan idos pareciera ) y el artista  de los tiempos que corren,  ese que compromete su arte, es decir su vida ,y lo ofrece, sin calculada generosidad, a quienes se empeñan en edificar una sociedad menos cruel y purulenta como la que han tejido quienes manejan actualmente los hilos del poder global y parroquial.
El nombre de carácter bíblico  con el cual se conocía a este naciente canta autor ya no cabía en  esta nueva envoltura y se transforma en otro que  alude  a guerras y combates como la del indio aquel conocido como Jerónimo.
Lo que llega después se insertó ya en la Historia. En efecto, no  ha habido, durante décadas, protestas ni movilizaciones en contra de los poderes purulentos y asesinos en los que no se alzara el sonido de unas parcas cuerdas de guitarra y no se elevara una voz, no tan sonora pero contundentemente cierta, desgalillándose en medio del tumulto para que pudiesen ser escuchadas letras de canciones que como balas  se disparaban en contra de los  pocos y pocas desalmados y desalmadas que han convertido esta tierra , para las grandes mayorías ,en  un atroz infierno.

IV
Hace apenas unos meses, después de una vigorosa y catárquica movilización del Frente Nacional de Resistencia Popular, invité a  mi amiga Silvia a celebrar ese día magnifico en el santo y legendario  lugar conocido como “El Bar de Tito Aguacate “. Cuando aún nos faltaba tiempo para consumir el primer “Calambre “apareció nuestro juglar. Flaco y desgarbado como siempre, con su lanza al hombro (la guitarra) había adquirido el semblante de un Quijote a La hondureña. Lucía tierno y feliz quizás,-pensé- por sentir que la utopía, el sueño y lo que suelen denominar concreto, se acercaban unos con otros para fundirse un una sola realidad : en esta pequeña parcela de la tierra  que es la nuestra, ese día , esa tarde, no eran cinco, ni eran diez, si no , contándolos bien, éramos miles y miles de hombres y mujeres quienes alzábamos nuestro puño y nuestra rabia en contra de un orden económico social que desde hace varias décadas pudre y apesta al cuerpo  de la Patria o más bien de la Matria.
Jerónimo, frente a la singular belleza de mi amiga quiso mostrar, sin aspavientos sus naturales gracias y decidió revivir en vivo y en directo una escena del “Canto del Fantoche Lusitano “representada por el 36 años antes. Se abrió espacio entre las mesas del bar, encontró trapos, trozos de madera y hasta un sombrero ( a saber de dónde los sacó decía su madre ) y empezó:
Mirad ese trasto viejo (el sistema que generó el colonialismo)
esa cabeza enmohecida
llena de abolladuras
a veces sonríe
a veces maúlla
………………………………….
………………………………….”
Silvia, ya corrida en asuntos de arte y de cultura tanto como los de afuera como los de adentro quedó más que extasiada, prendida del hombre y de su arte. Por mi parte me asombró la prodigiosa memoria y la soberbia actuación que por algunos minutos nos había regalado. En ese corto tiempo, durante el trance, Jerónimo había vuelto a ser el Daniel del TEUM, el adolescente jovial que había tocado las puertas del teatro cuarenta años atrás.

Al terminar su faena, Jerónimo o Daniel, se puso su guitarra al hombro, bebió una cerveza y se largó a alegrarle la vida a otros bares quizá algo más triste que el de Tito Aguacate.
Gracias Jerónimo, Daniel, Jerónimo, Discípulo, amigo, colega, compañero, ¡Hasta la victoria siempre!

Guadalupe, Municipio de Santa Fe, Colón.
13 julio, 2011.

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