jueves, 18 de agosto de 2011

El hueso patrio de Manuel


   José Manuel relamió ávidamente el hueso de res que instantes atrás había despojado de su  carnosidad. Luego derramó unas gotas de limón sobre los cartílagos adheridos a los bordes filosos de la osamenta y mordisqueó su trofeo hasta que la costilla descarnada no tuvo más que ofrecer. Sin embargo, insatisfecho con los precarios resultados de su exploración canina, intentó extraer la médula del interior del hueso; produciendo terribles chasquidos al tratar de succionar la sustancia gelatinosa. El experimento fue infructuoso: todo lo que pudo atraer fue su propia saliva. Entonces bebió el resto de la sopa de frijoles sin utilizar la cuchara que su mujer había envuelto previamente en una mantilla. Igual, la sopa ya estaba fría. José Manuel inclinó el plato sopero sobre sus grasientos labios y bebió hasta terminar de un trago el resto del caldo marrón.

  Del otro extremo de la mesa, su mujer —que nunca hablaba ni permitía que nadie lo  hiciera mientras comían—, le lanzó una mirada fulminante, un rayo cargado de algo más letal que el simple odio: un dardo venenoso.
—¡La cuchara no es de adorno idiota!  —blasfemó la encolerizada dama.
Sin darse por aludido, Manuel se concentró nuevamente en mordisquear y lamer  el hueso de res achatado. Como la costilla no tenía más que ofrecer, se dedicó a observarla minuciosamente; volteándola y apreciándola desde todos los ángulos, como si admirase un objeto de gran valor, o la pieza ausente y fundamental de un rompecabezas familiar.

  De pronto en su rostro se dibujó una extraña sonrisa. Por un  instante observó detenidamente a su mujer, como si pretendiese transmitirle algo sumamente importante e indefinible. Un brillo febril bajó a sus pupilas. Ella conocía muy bien aquella mirada rutilante y alucinada, por eso miró en otra dirección; evitando el incómodo escrutinio del enajenado.
Aprovechando la distracción, José Manuel tomó un marcador de un lapicero y rápidamente garabateó cinco estrellitas maltrechas en el espacio blanquecino del hueso, justo en el centro; en el lugar que antes ocupaba la carne vacuna.
—¡Las cinco repúblicas! —exclamó extasiado.
  Los dos espacios oscuros y simétricos en los extremos de la osamenta hacían perfecto juego con el centro blancuzco del hueso, que ahora lucía condecorado con las cinco estrellitas. La bandera patria se percibía claramente en el cuerpo óseo.
—¡LA UNIÓN!  —gritó de pronto Manuel lleno de euforia, blandiendo el hueso como un arma primitiva entre sus manos.
  —¡La República de Chico Ganzúa¡ —bufó de nuevo, alucinado por el descubrimiento y lanzando estocadas a las huestes enemigas.
  — ¡Si serás idiota! —gritó de pronto la mujer arrebatándole el  hueso de entre las manos—.  No ves que las franjas van al revés y además no son café, son azul turquesa; como el cielo de la patria.
—¡Qué importa insensata! Para mí es la bandera de la unión y punto.
—¡RAMBO, LENÍN! —gritó la doña encolerizada.
    De inmediato aparecieron en escena dos enormes mastines. Sus pequeños ojos  sanguinolentos y el hocico lleno de baba infundieron tanto temor en el héroe de Gualcho que  tuvo que correr a  refugiarse en el regazo de la mujer. 
   Sin soltar a José Manuel la señora lanzó el hueso al aire. Los perros saltaron como impulsados por un resorte  invisible y en un santiamén descuartizaron entre sus afiladas garras y colmillos el hueso patrio de Manuel.
   —Así está mejor  —dijo la señora,  acariciando el pelo hirsuto del enajenado y acogiéndolo en su seno.
   — Así está mejor.
   —La unión, la unión — sollozaba Manuel. —La unión.

   La dama restregó el resto del limón en los labios del héroe, luego sacó uno de sus pechos y se lo dio a mamar para que se callara, o para que se calmara, la verdad no sé.

FIN

Marvin Valladares Drago

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Artistas en Resistencia

¡Boicot contra Facussè!
¡La próxima vez que te acosen cántales esta canción!
NO ME GUSTA por Karla Lara y Solistas