lunes, 22 de agosto de 2011

Todavía te quiero - 

Allan McDonald





El 17 de junio de 1986, salí de diario la prensa a las 5 de la tarde y me fui a una pulpería a que dieran las 6, para poder entrar al colegio de noche, donde estudiaba mi primer curso de aquella educación privada que nunca entendí nada de las formalidades de las cosas dadas,

Pedí un pan y una Coca-Cola; el hombre que atendía daba pasos como un pájaro dentro de la jaula fabulosa que es la vida.

 Destapó la Coca-Cola – como quien le quita la cáscara a una naranja-, me tendió el refresco en botella verde de vidrio y me dio el pan envuelto en papel estraza; en verdad era un viejo, con los ojos de anticuario ya sin señal del alma, tenía distorsionado el rostro perturbado de recuerdos y enlagrimado todo el fondo de las cuencas sin la luz de sus ojos y le pregunte sin verlo si le pasaba algo.



Me dijo que no, que solo se había acordado esta mañana de una novia que perdió allá por los años 60, y que la había conocido en las tardeadas de fiesta de radio “La Cariñosa”, y que esta mismísima mañana la había visto pasar frente a la puerta de aquella pulpería de 4 rollitos de papel higiénico, tres latitas de salsa de tomate, una ristra de churros y 5 sobres de culey, un refrigeradora Whirlpool destartalada con refrescos ya sin la fría magia del hielo y un cartel desconchado de Orange Crush.

Vi hundido al hombre por ese amor abandonado a la suerte del olvido, un amor ido de las manos, un gran amor de ojos lindos decía, -“se llamaba Fanny. Era linda y fuimos 11 años novios. Me quedé solo para ver si volvía, la busque en cada rincón del país y nunca más la volví a ver hasta hoy”.



El hombre sentía vergüenza de ser olvidado, vergüenza del dolor y del recuerdo, y agachaba la cabeza y con un trapo mojado en sus manos temblorosas pasaba a la vitrina miserable que en el vacío se miraban 2 latitas verdes de mentolina.


Me dieron las 6 de la tarde, me fui y lo dejé llorando, “que te vaya bien mijo”, y al fondo escuché una canción, apenas entendí la letra y supe que era de Ricardo Acosta, me amargué la tarde de no entender los amores perdidos, también me amargué el resto de la vida. 

No fui al colegio y me quedé esperando que terminara la canción en un radito metálico, de los que usan los jubilados de la gloria que van al estadio; nos despedimos y me fui a dibujar a mi cuartito alquilado en San Pedro Sula.

Hoy, 25 años después, tratando de limpiar mis cosas, mis libros y mi mesa de dibujo, y además buscando sin buscar botar las cosas que me estorban en mi casa y en la vida, di con unos cassettes viejos, unos color azul sellados con el signo de tauro en verde, pirateados y comprados en la calle entre la achinería humana que también se vende.



Allí me encontré una música del recuerdo. Lo coloqué en una vieja grabadora que dejó mi papá en su cajoncito de testamento y abandono.

La música se escuchó nítida, perfecta, tan clara como si ayer fue cuando se grabó ese cassette, y además los recuerdos ya no parecían recuerdos sino más bien anécdotas de hoy, y así canción tras canción llegó la desgraciada balada que aquel viejo acabado y desgarrado en la pulpería escuchaba. 



Escribí esto, y quise colocarlo como un cartel de adiós en este muro que divide las almas perdidas con los corazones encontrados, y decir que la canción era el fin de esa historia, de ese amor que nunca fue mío, pero que me dolió como si yo mismo fuera aquel viejo abandonado por aquella que se llamaba Fanny en la tarde de 1986.


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